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miércoles, 6 de enero de 2010

Cuento: Simbad el Marino

SIMBAD EL MARINO

Hace muchos, muchísmos años, en la ciudad de Bagdag vivía un
joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía
obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como
Simbad el Cargador.

- ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!

Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una
hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.

A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador
fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.
En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas
viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias
personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente
manera:

-Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para
que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras...

"Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto
lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo
poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes.
Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el
suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla
era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé
arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa
plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que
zarpó de vuelta a Bagdag..."

Llegado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le
dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día
siguiente.

Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas...

"Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé
dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.
Llegué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un
saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la
espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para
llevar a su nido, sacándome así de aquel lugar."

Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100
monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente...

"Hubiera podido quedarme en Bagdag disfrutando de la fortuna
conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien
hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó.
Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que
nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante
que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche,
aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único
ojo y escapamos de aquel espantoso lugar.

De vuelta a Bagdag, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí.
Pero esto te lo contaré mañana..."

Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas
de oro.

"Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a
naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me
ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta
murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser
enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré
escaparme y regresé a Bagdag cargado de joyas..."

Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas
aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de
oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el
afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a
enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.

El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había
sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión
consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso,
Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su
poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer
sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio
de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar
más elefantes.

Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó
dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento,
el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.

"Regresé a Bagdag y ya no he vuelto a embarcarme -continuó
hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi
vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido
todos los padecimientos."

Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador
que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó
encantado, y ya nunca más, tuvo que soportar el peso de ningún
fardo...

FIN


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